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El Levante UD cayó derrotado por 2 goles a 0 ante el Getafe CF en el partido disputado en el Coliseum Alfonso Pérez correspondiente a la jornada 33 de la Liga 123.

(Com. Prensa).- Si se trataba de enviar mensajes diáfanos y directos, en esa lucha psicólogica por desentrañar quién iba a ostentar la vara de mando de una confrontación superlativa, el Getafe no tardó en exceso en mostrar su pensamiento. Y sus intenciones. En ese sentido, fue preciso y puntilloso. Su puesta en acción sobre el verde fue sideral y vertiginosa, como si tratara de intimidar a un adversario que le saca varias cabezas en el universo de la clasificación en la categoría de Plata. Si el reto más inmediato, una vez el balón comenzó a rodar por la pradera del Coliseum Alfonso Pérez, era demostrar con hechos el tipo de partido al que se iba a enfrentar la escuadra que prepara Muñiz, Molina se convirtió en una especie de abanderado. O quizás en un paradigma de todo aquello que estaba por suceder. El atacante amortiguó el esférico con elegancia, pisó el área levantinista y decidió desafíar a Raúl. El guardameta mostró elasticidad y reflejos para despejar el cuero. Era el minuto tres del choque. Y fue todo un presagio; sus botas desprendieron veneno durante el resto de la tarde y Raúl acapararía protagonismo.

Hay jugadas que son arquetípicas. No fue una simple advertencia, fue una intimidación en toda regla que trató de erosionar el corazón de los futbolistas granotas. Molina conjugó con el gol en la siguiente aparición que capitalizó por las inmediaciones de la meta defendida por el cancerbero vasco. El Getafe fue meridiano en su plantemiento y afilado a la hora de presentar el perfil de encuentro que pretendía desarrollar ante el líder indiscutible de LaLiga 1|2|3. El partido se preveía fascinante por el envoltorio. La trama indicaba que había emociones, intensidad y una dosis real de drama para una escuadra, el Getafe, obligada a someter a su oponente. Sobre el verde cruzaban sus destinos dos cabezas de cartel de la categoría de Plata. En condiciones normales, cuando restan diez batallas para el cierre de la Liga, podía preverse el típico partido entre iguales con capacidad para generar interrogantes en el marco de la clasificación en función del detentor del triunfo. No es el caso. El hecho permite abodar la consistencia del Levante de López Muñiz del tiempo más presente. Su trayectoria, inmaculada, le autoriza a incurrir en el error.

El gol de Molina llenó de turbulencias el choque. De repente, el Levante sintió que estaba envuelto en una emboscada. Tuvo que asumir la dureza de la cita ante un contrincante con recursos y buenos futbolistas. El Levante apeló el honor para no caer preso de la resignación. Es un distintivo que le caracteriza durante el ejercicio en recorrido El grupo nunca se desvanece, pero el partido, todavía en la claridad, establecía un dilema que demandaba soluciones repletas de complejidad, principalmente porque el equipo se instaló en una especie de sinuosa montaña rusa. Decidió que había que acortar la distancia geográfica que le alejaba de la portería de Alberto, pero no podía aventurarse sobre el arco local y perder rigor defensivo. Era una máxima que el Getafe se encargó de recordar cada vez que cercaba el área de Raúl. Sus transiciones eran tan letales como mortíferas. Molina advirtió de la peligrosidad de la escuadra madrileña.

Las cartas estaban alzadas en ese instante del enfrentamiento. El Getafe daba dos pasos hacia atrás para apelar al vértigo y proyectarse hasta el espacio contrario del campo. Tiene velocidad por los costados y pólvora en el eje del ataque. Y se siente protegido en ese tipo de duelos. Sus virtudes conjugan con ese paisaje. El balón era para el Levante, pero cada vez que el Getafe cruzaba la línea de medios generaba una sensación de temor en las huestes azulgrana. La inquietud era una constante. Y los presagios no mejoraron tras la diana de Portillo todavía en los minutos finales del primer acto. Antes Roger había cazado un balón perdido para ajusticiar a Alberto. No obstante, el árbitro decidió invalidar el lance ante la mirada perdida del Pistolero. El paso por los vestuarios no supuso una variación drástica en la evolución del enfrentamiento. Muñiz agitó el banquillo con la aparición de Casadesús. Un gol podía mutar el decorado, pero la ansiada diana que rozó Verza, Casadesús e incluso Roger no llegó a concretarse.

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